Grande eres, Señor. -¿Y cómo habré de invocar a mi Dios y Señor?. -Entonces señor. -¿Quién eres tú, Dios mío. -¿Quién eres pues tú. -¿Quién me dará reposar en ti. -Permíteme sin embargo hablar ante tu misericordia a mí que soy polvo y ceniza. -Señor: ¡Ay del hombre y de sus pecados!. -De la infancia pasé, pues a la niñez. -¿Cuántas miserias y humillaciones pasé. -Y sin embargo pecaba yo, oh Dios. -Todavía siendo niño había yo oído hablar. -Durante mi niñez. -Nunca he llegado a saber a qué obedecía mi aborrecimiento por la lengua griega que me forzaban a aprender. -¿Por qué pues aborrecía yo la literatura griega que tan bellas cosas cantaba?. -Escucha, señor, mi súplica para que mi alma no se quiebre bajo tu disciplina. -¡Maldito seas, oh río de las costumbres.